... Cuando por fin descendió, el pequeño ez-Suaga salió de entre los pliegues de la ropa, para observar dónde se encontraban.
Era de noche. Las dos lunas de Aldebodal, Óbsel y Onókim, brillaban en el firmamento, colmado de estrellas agrupadas en constelaciones, cada una con su leyenda. Mirando alrededor, no cabía la menor duda de dónde se encontraban. Las casas, construidas con key (piedra preciosa, de color blanco) eran brillantes, alargadas, estilizadas y armoniosas. El suelo también era de key, sólo que éste había sido tratado para que fuese transparente y dejase ver el caudaloso río que fluía por debajo. Sus aguas eran de color blanco y la corriente parecía espesa, como si en lugar de agua fuese leche. No podía ser de otra forma, aquel agua densa era el Manantial Sirhi Okra, río inicial del que se desgajan los otros seis ríos principales de Aldebodal. Acababan de llegar, sin lugar a dudas, al Monte Daymantos, hogar de la Emperatriz de Aldebodal y lugar de residencia de los representantes de las familias botany. El sistema político de los botany se sustenta en un complicado entramado de familias, cuyos representantes viven en esta ciudad. También habitan el Monte Daymantos, personalidades como consejeros, personal de asistencia, investigadores, científicos, así como magos y hechiceras de la Madre Aldebodal, aprendices de las familias, etc.
Lentamente, sin hacer ruido, Trunck se deslizaba por las brillantes y blancas calles de Daymantos. Se camuflaba a la perfección, era una sombra más entre la luz de las lunas. Por fin, llegaron a un palacete. En comparación con otras residencias de la zona, era pequeña, muy modesta, pero junto a una choza de algún poblado de la Región de Sojor, era el hogar de un dios.
Saltaron la verja, sin hacer el menor ruido, y con un simple movimiento de mano, la cerradura de la casa cedió. En el interior todo era recargado, a diferencia de la sobriedad de toda la ciudad imperial del Monte, aquel lugar era barroco, saturado de ornamentos. Subieron unas grades escaleras y el pequeño ez-Suaga notó cómo el treico intentaba buscar algún pensamiento que le indicase donde había seres vivos, así que extremó precauciones para que su pensamiento no le delatase. De pronto la actividad cesó. Había encontrado a quien estaba buscando.
Al triga, le pareció todo muy raro. ¿Por qué hacían todo esto? ¿Por qué entraba de aquella manera en una casa? ¿De qué conocería a quien estaba buscando? ¿Qué iba a hacer con él si seguramente no estaba despierto? ¿Sería el dueño de aquel palacete quien le envió el painco? Poco a poco sus dudas iban a esclarecerse.
¿Quién? Al entrar en la habitación, Suaga se quedó sorprendidísimo, pues se encontraba ante una de las personas decisivas, o al menos eso se dijo, en la batalla de la Emperatriz contra los Sizan. Él era Tuimbus Teydoj, un antiguo consejero de algunas de las familias que se consolidarían como Sizan, para derrocar a la Emperatriz (Ver 7ª Parte). La historia cuenta que tras ver el estado de violencia y decadencia al que sometieron los Sizan a los botany, Tuimbus decidió cambiar de bando y ayudar a Endora, siendo de gran ayuda con todo su conocimiento privilegiado como consejero. Sin embargo, murmuran las malas lenguas que negoció con la Emperatriz un puesto cómodo y de modesto poder, a cambio de toda su información y conocimientos sobre los Sizan.
Aquel ser, estaba durmiendo tranquilamente, era de piel morada, lo que indica que debió vivir en la Región de Sodárom durante su infancia, o gran parte de su vida. Era obeso, tanto que parecía que la barbilla se multiplicaba varias veces. La cabeza rapada al cero, sin un solo pelo en ella, así como varios pendientes y escarificaciones leves en su rostro, como mandan las antiguas leyes Sizan. Al dormir, emitía un desagradable y sonoro ronquido, que hacía que sin conocerle, desearas que enmudeciese por obra de la Madre Aldebodal. Si aquel ser había mandado llamar a Trunck, desde luego no le estaba esperando, pues su sueño era profundo y abstraído de todo lo que pudiera suceder a su alrededor.
Entonces, claro como la luz de Oxes en la mañana, el pensamiento del treico se reflejó en el de Suaga. Mientras Trunck alzaba una mano y concentraba toda su rabia en ella, Suaga supo lo que pasaría a continuación. Como si le hubiesen despertado de golpe, oprimiendo sus múltiples barbillas, con los ojos abiertos de par en par, Tuimbus comenzó a retorcerse, intentando zafarse de la fuerza que le oprimía. El color de su piel se tornó mucho más violáceo, y Suaga pudo escuchar en su mente, cómo su pulso se aceleraba intentado sobrevivir a lo que le ocurría. Tuimbus lo sabía, por su cabeza pasaban pensamientos en los que se repetía esta frase: "Sabía que algún día esto pasaría". El triga no lo podía soportar, estaba experimentando su dolor, su angustia, su agonía, su desesperación, su resignación ante lo que le estaba ocurriendo... Hasta que todo aquel sufrimiento le superó y sin poder controlarlo, saltó del pliegue de la ropa del hombro de Trunck y recuperó su forma original mientras gritaba: NOOOO!!!!
miércoles, 25 de abril de 2007
lunes, 16 de abril de 2007
De nuevo el Painco 15ª Parte
...Un horrible graznido despertó a Suaga. Aquel sonido repelente, no sólo le raptó de su placentero y apacible descanso en los brazos de su treico, sino que le regaló una gran dosis de intranquilidad y desasosiego. Era el painco. El ser repugnante que trajo la duda colgada en su cuello y el temor de su pico.
Suaga notó que Trunck ya no estaba en la cama, por lo que de un salto se dirigió a la gran terraza del palacio, donde la otra vez se posó el engendro. Allí los vio. El treico leía una carta, traída seguramente por el pájaro, el otro le miraba desafiante, y en su pico parecía dibujarse una sonrisa maliciosa. Taicomos llegó con un cuenco lleno de carne cruda y se lo dio al painco, que lo engulló todo rápida y vorazmente, como si nunca hubiese comido, o como si el keilar fuese a retirar el cuenco enseguida y no pudiese terminarlo todo.
Cuando terminó de leer lo que decía la carta, Trunck la dobló cuidadosamente y la guardó. Miró al painco malhumorado y después a Taicomos con la mirada astiada. Tras perder la mirada en la lejanía del paisaje durante un momento, Trunck pareció recobrar la vida y el interés por lo que ocurría a su alrededor y se dirigió a la habitación. Suaga, al ver que se encaminaba hacia donde él estaba, se retiró unos pasos y después recuperó la dirección hacia el gran balcón de palacio, para que pareciera que venía del cuarto y ahora salía a la terraza. Todo esto aderezado correctamente con una dosis de buen teatro, interpretando el papel de recién levantado que no es capaz de centrarse.
Cuando Trunck y Suaga se cruzaron, el treico no sospechó nada. El triga le abrazó para darle los buenos días y le dio un beso.
- Lo siento Suaga. Ha vuelto el momento de la confianza ciega y la espera sin preguntas ni respuestas. Debo subir a ponerme mi indumentaria y partir ahora mismo.
- ¡Cuánto tiempo estarás fuera?
- No lo se. Entre cuatro y seis días - la cara de Suaga se encogió en una mueca de fastidio -. Intentaré regresar antes, lo prometo. Mientras tanto le he hecho firmar a Taicomos un papel en el que me prometía entretenerte con su cálida verborrea - sonrió Trunck dulcemente.
Y dicho esto,subió al dormitorio a cambiarse. "No puedo" pensó para sí el triga. Desde que se conocían, el painco se había presentado en casa ya cinco veces, y en las cinco había pasado varios días con el corazón encogido hasta que Trunck volvía. Esta vez sentía la necesidad imperiosa de saber a dónde iba y qué hacía donde quiera que fuera. Así que lo tuvo claro, le perseguiría, tomaría la forma de un minúsculo insecto, uno cuyo cerebro es tan pequeño, que Trunck no podría escuchar sus pensamientos, y se pegaría a su ropa, como una polilla a la tela.
Le esperó como hubiera hecho habitualmente, mirándole desde la puerta de la habitación mientras se cambiaba de ropa, con cara de "no te vayas". Cuando terminó, pasó junto a Suaga y casi ni le miró. Entraba en su papel serio y ya no existían amigos, conocidos, y ni siquiera amor. No sabía qué tendría aquella ropa, pero parecía aislarle de todo sentimiento.
Cuando estaba a punto de bajar las escalares que conducen al gran salón y después al balcón, Suaga tomó la forma de un ez. Un ez es una mezcla entre un mosquito y un ácaro, muy pequeño. Se dejó llevar por las corrientes de aire y agitó sus alas rápidamente, acoplándose en los pliegues del hombro de Trunck. Éste salió al balcón y le hizo una señal al painco, que echó al instante a volar desplegando sus oscuras y lúgubres alas. Trunck dio un enorme salto y le siguió, con su amante pasajero en el hombro...
Suaga notó que Trunck ya no estaba en la cama, por lo que de un salto se dirigió a la gran terraza del palacio, donde la otra vez se posó el engendro. Allí los vio. El treico leía una carta, traída seguramente por el pájaro, el otro le miraba desafiante, y en su pico parecía dibujarse una sonrisa maliciosa. Taicomos llegó con un cuenco lleno de carne cruda y se lo dio al painco, que lo engulló todo rápida y vorazmente, como si nunca hubiese comido, o como si el keilar fuese a retirar el cuenco enseguida y no pudiese terminarlo todo.
Cuando terminó de leer lo que decía la carta, Trunck la dobló cuidadosamente y la guardó. Miró al painco malhumorado y después a Taicomos con la mirada astiada. Tras perder la mirada en la lejanía del paisaje durante un momento, Trunck pareció recobrar la vida y el interés por lo que ocurría a su alrededor y se dirigió a la habitación. Suaga, al ver que se encaminaba hacia donde él estaba, se retiró unos pasos y después recuperó la dirección hacia el gran balcón de palacio, para que pareciera que venía del cuarto y ahora salía a la terraza. Todo esto aderezado correctamente con una dosis de buen teatro, interpretando el papel de recién levantado que no es capaz de centrarse.
Cuando Trunck y Suaga se cruzaron, el treico no sospechó nada. El triga le abrazó para darle los buenos días y le dio un beso.
- Lo siento Suaga. Ha vuelto el momento de la confianza ciega y la espera sin preguntas ni respuestas. Debo subir a ponerme mi indumentaria y partir ahora mismo.
- ¡Cuánto tiempo estarás fuera?
- No lo se. Entre cuatro y seis días - la cara de Suaga se encogió en una mueca de fastidio -. Intentaré regresar antes, lo prometo. Mientras tanto le he hecho firmar a Taicomos un papel en el que me prometía entretenerte con su cálida verborrea - sonrió Trunck dulcemente.
Y dicho esto,subió al dormitorio a cambiarse. "No puedo" pensó para sí el triga. Desde que se conocían, el painco se había presentado en casa ya cinco veces, y en las cinco había pasado varios días con el corazón encogido hasta que Trunck volvía. Esta vez sentía la necesidad imperiosa de saber a dónde iba y qué hacía donde quiera que fuera. Así que lo tuvo claro, le perseguiría, tomaría la forma de un minúsculo insecto, uno cuyo cerebro es tan pequeño, que Trunck no podría escuchar sus pensamientos, y se pegaría a su ropa, como una polilla a la tela.
Le esperó como hubiera hecho habitualmente, mirándole desde la puerta de la habitación mientras se cambiaba de ropa, con cara de "no te vayas". Cuando terminó, pasó junto a Suaga y casi ni le miró. Entraba en su papel serio y ya no existían amigos, conocidos, y ni siquiera amor. No sabía qué tendría aquella ropa, pero parecía aislarle de todo sentimiento.
Cuando estaba a punto de bajar las escalares que conducen al gran salón y después al balcón, Suaga tomó la forma de un ez. Un ez es una mezcla entre un mosquito y un ácaro, muy pequeño. Se dejó llevar por las corrientes de aire y agitó sus alas rápidamente, acoplándose en los pliegues del hombro de Trunck. Éste salió al balcón y le hizo una señal al painco, que echó al instante a volar desplegando sus oscuras y lúgubres alas. Trunck dio un enorme salto y le siguió, con su amante pasajero en el hombro...
jueves, 12 de abril de 2007
Lo que digas que sea para siempre II 14ª Parte
... El cuerno de Suaga comenzó a alargarse y a desprender un brillo cada vez mayor. Aunque más que un brillo eran destellos, como los que lanza un faro cuando sabe que un barco necesita de su luz. Los ojos lila del triga se quedaron en blanco, le cambiaron de color, como si una nube los empañara. Su cuerpo comenzó a tensarse y a perder la gravidez, para elevarse, lentamente.
Trunk intentó agarrarle, pero pronto comprendió que aquello era parte de un proceso vital del triga y que no debía poner impedimentos al mismo.
El destello de su cuerno era cada vez más intenso, los zaipdos alzaron el vuelo y comenzaron a planear alrededor del flotante Suaga. Un calor de hogar llegó hasta el treico desde lo alto, se sentía tranquilo, a gusto, acogido, protegido, en el lugar al que pertenecía, siendo espectador de uno de los más hermosos acontecimientos del universo, pues era el momento en que un triga compartiría con él su magia, su felicidad, su amor.
La sensación era tan placentera y le llenaba tanto que cerró los ojos, y en ese instante sintió como sus pies se despegaban del suelo y su cuerpo se dirigía hasta Suaga, esquivando el vuelo de los zaipdos. Por fin cuando estuvo junto a él, abrió los ojos y vio cómo el ser que tenía enfrente era pura emanación de luz, era la fuente de toda tranquilidad, de toda paz, de todo sentimiento puro. Suaga le abrazó y la claridad se intensificó. Sintió cómo se fundían en uno, cómo entraban sus cuerpos el uno del otro, hasta ser una sola existencia. En el instante que fue consciente de esta unión, sintió que se expandía, que estallaba, y poco a poco fue descendiendo, como la pólvora de los fuegos artificiales.
Al abrir los ojos se percató de que había perdido el conocimiento, y ahora Suaga le sujetaba entre sus brazos acariciándole suavemente la cara.
- Ahora llevas algo de mí en ti, y yo algo de ti en mí. Si algún día me faltaras no me sentiría completo. Ya sólo tú me completas.
Y de nuevo se convirtió en un galaiko enorme para volver a casa, esta vez rebosantes de complicidad.
Trunk intentó agarrarle, pero pronto comprendió que aquello era parte de un proceso vital del triga y que no debía poner impedimentos al mismo.
El destello de su cuerno era cada vez más intenso, los zaipdos alzaron el vuelo y comenzaron a planear alrededor del flotante Suaga. Un calor de hogar llegó hasta el treico desde lo alto, se sentía tranquilo, a gusto, acogido, protegido, en el lugar al que pertenecía, siendo espectador de uno de los más hermosos acontecimientos del universo, pues era el momento en que un triga compartiría con él su magia, su felicidad, su amor.
La sensación era tan placentera y le llenaba tanto que cerró los ojos, y en ese instante sintió como sus pies se despegaban del suelo y su cuerpo se dirigía hasta Suaga, esquivando el vuelo de los zaipdos. Por fin cuando estuvo junto a él, abrió los ojos y vio cómo el ser que tenía enfrente era pura emanación de luz, era la fuente de toda tranquilidad, de toda paz, de todo sentimiento puro. Suaga le abrazó y la claridad se intensificó. Sintió cómo se fundían en uno, cómo entraban sus cuerpos el uno del otro, hasta ser una sola existencia. En el instante que fue consciente de esta unión, sintió que se expandía, que estallaba, y poco a poco fue descendiendo, como la pólvora de los fuegos artificiales.
Al abrir los ojos se percató de que había perdido el conocimiento, y ahora Suaga le sujetaba entre sus brazos acariciándole suavemente la cara.
- Ahora llevas algo de mí en ti, y yo algo de ti en mí. Si algún día me faltaras no me sentiría completo. Ya sólo tú me completas.
Y de nuevo se convirtió en un galaiko enorme para volver a casa, esta vez rebosantes de complicidad.
jueves, 15 de marzo de 2007
Lo que digas, que sea para siempre I. 13ª Parte
... Había sido una noche única. Suaga recordaba pocas noches como aquella, en la que le habían hecho feliz a él. Lo que más le impresionaba era que precisamente un treico fuera el ser que le hiciera sentir todo aquello. Se había despertado para dar su paseo, pero había preferido quedarse mirando a Trunck dormir. Su pelo corto oscuro y la larga y fina trenza de pelo blanco que nacía en su nuca, que ahora parecía una culebra inmóvil sobre la almohada. Suavemente la acarició, para que no se despertara. Su piel tostada, el vacío de sus ojos, ahora cerrado, su labios rectos, su importante nariz, su cuerpo sencillo, sin perfecta musculatura ni fornidos brazos, pero en los que se sentía protegido y relajado.
Se levantó sin hacer ruido, como hacía siempre y vio amanecer desde la gran ventana del cuarto de Trunck. Todo un bosque frondoso a los pies del palacio, y una llanura que se intuía al final del mismo, se dejaban bañar por los rayos de Oxes. Las hojas de los árboles tomaban distintas tonalidades dependiendo de la luz del sol, como si cambiaran de color de manera intermitente, bailando a la vez con una leve brisa matinal. De pronto le vino una idea a la cabeza. Aquella sensación que venía experimentando desde que conoció a Trunck, junto con el color de los árboles desde la gran ventana, aderezado con risas, carcajadas y complicidad, era la felicidad.
De pronto, sintió unos brazos que le rodeaban y le apretaban para sí. Le protegían, le acariciaban, le transmitían un torrente de sensaciones y sentimientos. Trunck. Misterioso, serio y divertido, adorable, cariñoso, hermético, ladino, coqueto, seguro de sí mismo... Su Trunck.
Y entonces lo notó. Un pensamiento tomó forma en la cabeza del treico, y el triga lo percibió. Le dio miedo, casi terror, si lo hacía debía estar avisado de lo que podía ocurrir. Suaga se dio la vuelta fugazmente y tapó la boca de Trunck dulcemente, mientras le miraba a los ojos.
- No lo digas. Sólo di lo si estás seguro de ello, si sabes que eso que dices será para siempre. Si no estás seguro de ese sentimiento, calla... calla...
Durante unos instantes, los dos se miraron fijamente y Trunck pensó si lo que estaba a punto de decir respondía a un sentimiento claro, en absoluto difuso. No tuvo que pensarlo mucho, pues lo sentía muy claro.
Justo en el instante en que iba a pronunciar las palabras, Suaga le tomó de la mano, arrastrándole con él al vacío. Se dejó caer por la enrome ventana. El aire golpeaba la cara del treico, impidiéndole respirar. Cerró los ojos que le lloraban. Caía, caía, caía... Hasta que la sensación cesó repentinamente, y notó que se movía sobre algo. Era suave, cálido, agradable y rápido. Abrió los ojos. Un enorme Galaiko (similar al halcón, pero de dimensiones gigantescas) de plumas azuladas, con distintas tonalidades, y un largo cuerno en la frente le llevaba volando por Aldebodal. Abrazó el cuerpo del ave, y se sentó tranquilo sobre la espalda de la nueva forma de Suaga. Desde allí pudo ver los campos de Soxes*, de la región de Sollirhama, y percibir el fuerte olor del polen que desprende durante el día. También vio a unos beintagos* correr en manada, tras un kitra veloz y aterrado por la persecución... ¡ Qué maravillosa sensación! El viento acariciándole la cara, suavemente, el sol bañando su oscura piel, y la trenza blanca de su cabeza hondeando mecida por la velocidad. ¡ Qué tranquilidad cuando estaba con Suaga! Nunca un trunck imaginó tanto bien para sí.
Aterrizaron en una colina desde la que se podía contemplar el extenso y enorme bosque de la región de Sedrev, en el que, según cuentan las leyendas, habita la Hechicera Enarte. Suaga recuperó su forma de triga, aunque el cuerno se encontraba crecido. Miró el paisaje. Durante gran parte de su vida había vivido en Sedrev, y le tenía especial cariño a aquella colina, en la que un día pensó que jamás llegaría a conocer a un ser tan maravilloso como él, y sin embargo un treico estaba a punto de decir la frase más peligrosa. De nuevo, Trunck tomó a Suaga entre sus brazos, esta vez de frente y mirándole a los iris lila. De nuevo, Suaga vio venir la frase, y apartando la mirada, para darle un cálido abrazo, dijo:
- Debes tener muy claro lo que estás a punto de decir. Si es cierto, mi ser se unirá al tuyo, para siempre. Pero si un día no eres consecuente con esto que me has dicho, mi alma se entristecerá, se mustiará y mi cuerno caerá.
"¡Así son los triga!", pensó Trunck. Parecía algo difícil de afrontar... pero el treico sabía perfectamente lo que sentía. Si algo le había caracterizado, era el buen conocimiento que tenía de sí mismo, y ahora no iba a ser menos. Sí, no le importaba decirlo, e incluso tenía ganas de poder gritarlo.
Sin darle tiempo, Suaga se apartó de Trunck y tras resplandecer, se convirtió un mashteró (podría definirse como una mezcla entre caballo y gacela, sólo que los cuernos son largos y lisos hacia atrás). Se le acercó y con el hocico le acarició el brazo y le indicó que subiera.
Corrieron por los bosques de Sedrev, toparon con una tribu de zushaytu (especie propia de los bosques de Sedrev. Hay quien dice que son los antecesores de los botany, pero es una teoría aún por demostrar), corrieron esquivando árboles, y se maravillaron ante la verdosa flora del lugar.
Cuando por fin salieron del pequeño bosque, fueron a parar a un escondido lago. Éste estaba repleto de zaipdos, el animal preferido de Suaga. No era casualidad que precisamente fueran a dar con aquel lugar, lleno de zaipdos, a los que el mashteró-Suaga se acercaba y observaba. Sintió la necesidad de tocarlos y tras un pequeño resplandor volvió a su forma real, eso sí con el cuerno visible y no camuflado.
Trunck le abrazó por atrás, esta vez había cerrado su mente para que no supiera que se acercaba, ni qué pensaba decirle. Así que antes de que el triga le volviera a hacer pensar sobre si era buena idea decir lo que iba a decir o no, Trunck lo dijo, asiéndole fuertemente en su abrazo:
- Te quiero, Suaga.
Dicho esto, el triga se dio la vuelta, le miró fijamente al caos de sus ojos, durante unos instantes y devolviéndole el abrazo, y entre lágrimas involuntarias, dijo:
- Ya lo has dicho. Ahora es para siempre. Si algún día este sentimiento despareciese, yo también desaparecería. es decir que mi ánimo empeoraría y podría llegar a morir - dicho esto, se separó un poco del treico, y con una dulcísima caricia y la más tierna de las miradas dijo: Yo también te quiero, Trunck...
_____________
*Soxes: también llamada "Hija de Oxes". Es una planta que sólo podemos encontrar en la región de Sollirahma. De color amarillento, su floración y polinización dependen en gran parte de la posición astral del Astro Rey para Aldebodal. El polen de Soxes posee grandes cualidades curativas y vigorizantes.
*Beintagos: no existe esta palabra en singular, ya que nunca se ha visto uno sólo. Son una especie de tigres, solo que de tamaño minúsculo. siempre van en manada y son omnívoros.
Se levantó sin hacer ruido, como hacía siempre y vio amanecer desde la gran ventana del cuarto de Trunck. Todo un bosque frondoso a los pies del palacio, y una llanura que se intuía al final del mismo, se dejaban bañar por los rayos de Oxes. Las hojas de los árboles tomaban distintas tonalidades dependiendo de la luz del sol, como si cambiaran de color de manera intermitente, bailando a la vez con una leve brisa matinal. De pronto le vino una idea a la cabeza. Aquella sensación que venía experimentando desde que conoció a Trunck, junto con el color de los árboles desde la gran ventana, aderezado con risas, carcajadas y complicidad, era la felicidad.
De pronto, sintió unos brazos que le rodeaban y le apretaban para sí. Le protegían, le acariciaban, le transmitían un torrente de sensaciones y sentimientos. Trunck. Misterioso, serio y divertido, adorable, cariñoso, hermético, ladino, coqueto, seguro de sí mismo... Su Trunck.
Y entonces lo notó. Un pensamiento tomó forma en la cabeza del treico, y el triga lo percibió. Le dio miedo, casi terror, si lo hacía debía estar avisado de lo que podía ocurrir. Suaga se dio la vuelta fugazmente y tapó la boca de Trunck dulcemente, mientras le miraba a los ojos.
- No lo digas. Sólo di lo si estás seguro de ello, si sabes que eso que dices será para siempre. Si no estás seguro de ese sentimiento, calla... calla...
Durante unos instantes, los dos se miraron fijamente y Trunck pensó si lo que estaba a punto de decir respondía a un sentimiento claro, en absoluto difuso. No tuvo que pensarlo mucho, pues lo sentía muy claro.
Justo en el instante en que iba a pronunciar las palabras, Suaga le tomó de la mano, arrastrándole con él al vacío. Se dejó caer por la enrome ventana. El aire golpeaba la cara del treico, impidiéndole respirar. Cerró los ojos que le lloraban. Caía, caía, caía... Hasta que la sensación cesó repentinamente, y notó que se movía sobre algo. Era suave, cálido, agradable y rápido. Abrió los ojos. Un enorme Galaiko (similar al halcón, pero de dimensiones gigantescas) de plumas azuladas, con distintas tonalidades, y un largo cuerno en la frente le llevaba volando por Aldebodal. Abrazó el cuerpo del ave, y se sentó tranquilo sobre la espalda de la nueva forma de Suaga. Desde allí pudo ver los campos de Soxes*, de la región de Sollirhama, y percibir el fuerte olor del polen que desprende durante el día. También vio a unos beintagos* correr en manada, tras un kitra veloz y aterrado por la persecución... ¡ Qué maravillosa sensación! El viento acariciándole la cara, suavemente, el sol bañando su oscura piel, y la trenza blanca de su cabeza hondeando mecida por la velocidad. ¡ Qué tranquilidad cuando estaba con Suaga! Nunca un trunck imaginó tanto bien para sí.
Aterrizaron en una colina desde la que se podía contemplar el extenso y enorme bosque de la región de Sedrev, en el que, según cuentan las leyendas, habita la Hechicera Enarte. Suaga recuperó su forma de triga, aunque el cuerno se encontraba crecido. Miró el paisaje. Durante gran parte de su vida había vivido en Sedrev, y le tenía especial cariño a aquella colina, en la que un día pensó que jamás llegaría a conocer a un ser tan maravilloso como él, y sin embargo un treico estaba a punto de decir la frase más peligrosa. De nuevo, Trunck tomó a Suaga entre sus brazos, esta vez de frente y mirándole a los iris lila. De nuevo, Suaga vio venir la frase, y apartando la mirada, para darle un cálido abrazo, dijo:
- Debes tener muy claro lo que estás a punto de decir. Si es cierto, mi ser se unirá al tuyo, para siempre. Pero si un día no eres consecuente con esto que me has dicho, mi alma se entristecerá, se mustiará y mi cuerno caerá.
"¡Así son los triga!", pensó Trunck. Parecía algo difícil de afrontar... pero el treico sabía perfectamente lo que sentía. Si algo le había caracterizado, era el buen conocimiento que tenía de sí mismo, y ahora no iba a ser menos. Sí, no le importaba decirlo, e incluso tenía ganas de poder gritarlo.
Sin darle tiempo, Suaga se apartó de Trunck y tras resplandecer, se convirtió un mashteró (podría definirse como una mezcla entre caballo y gacela, sólo que los cuernos son largos y lisos hacia atrás). Se le acercó y con el hocico le acarició el brazo y le indicó que subiera.
Corrieron por los bosques de Sedrev, toparon con una tribu de zushaytu (especie propia de los bosques de Sedrev. Hay quien dice que son los antecesores de los botany, pero es una teoría aún por demostrar), corrieron esquivando árboles, y se maravillaron ante la verdosa flora del lugar.
Cuando por fin salieron del pequeño bosque, fueron a parar a un escondido lago. Éste estaba repleto de zaipdos, el animal preferido de Suaga. No era casualidad que precisamente fueran a dar con aquel lugar, lleno de zaipdos, a los que el mashteró-Suaga se acercaba y observaba. Sintió la necesidad de tocarlos y tras un pequeño resplandor volvió a su forma real, eso sí con el cuerno visible y no camuflado.
Trunck le abrazó por atrás, esta vez había cerrado su mente para que no supiera que se acercaba, ni qué pensaba decirle. Así que antes de que el triga le volviera a hacer pensar sobre si era buena idea decir lo que iba a decir o no, Trunck lo dijo, asiéndole fuertemente en su abrazo:
- Te quiero, Suaga.
Dicho esto, el triga se dio la vuelta, le miró fijamente al caos de sus ojos, durante unos instantes y devolviéndole el abrazo, y entre lágrimas involuntarias, dijo:
- Ya lo has dicho. Ahora es para siempre. Si algún día este sentimiento despareciese, yo también desaparecería. es decir que mi ánimo empeoraría y podría llegar a morir - dicho esto, se separó un poco del treico, y con una dulcísima caricia y la más tierna de las miradas dijo: Yo también te quiero, Trunck...
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*Soxes: también llamada "Hija de Oxes". Es una planta que sólo podemos encontrar en la región de Sollirahma. De color amarillento, su floración y polinización dependen en gran parte de la posición astral del Astro Rey para Aldebodal. El polen de Soxes posee grandes cualidades curativas y vigorizantes.
*Beintagos: no existe esta palabra en singular, ya que nunca se ha visto uno sólo. Son una especie de tigres, solo que de tamaño minúsculo. siempre van en manada y son omnívoros.
miércoles, 7 de marzo de 2007
La llegada de un painco 12ª Parte
...Una tarde, mientras Trunck acariciaba tranquilo el cuerno de Suaga en los jardines de su hogar, la oscuridad llegó en forma de painco (ave similar al cuervo, pero más grande). Este llevaba en el pico un sobre y al cuello un brillante collar de piedras preciosas. Trunck se levantó bruscamente y cogió la carta del siniestro animal, la leyó y su gesto se endureció. Sin mediar palabra, le arrancó el collar y entró al palacio. Suaga notó que algo no andaba bien y le siguió.
- ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?
- Debo marcharme, pero volveré enseguida. Cuando llega el painco, llega el trabajo - dicho lo cual subió a su habitación.
A Suaga nunca le habían gustado los paincos. En Aldebodal estos seres eran símbolo de malas noticias, de desgracias, de pena, de agonía, de muerte. Mucho más en su caso, ya que cuando un triga muere, el primer ser en venir a recibir su parte del fallecido es un painco. Aún recordaba el día en que su madre murió y un enorme ave negra arrancó con brutalidad su mano para llevársela lejos, sin ningún reparo.
Al poco, el treico bajó, enfundado con ropas oscuras, envuelto en una capa que le cubría el rostro. Con cierto aire de pena y desgana, besó al triga y se encaminó a la puerta para marchar, pero antes de que se alejara de su alcance, Suaga le tomó de la muñeca.
- Dime donde vas.
- No me preguntes lo que no te gustaría saber. Es lo que me mantiene y es mi naturaleza. No quiero que tu bondad se manche con mi caos - y como una sombra se marchó.
Suaga le siguió y se quedó sorprendido al ver cómo Trunck echaba a volar y se alejaba.
Tardó un día y medio en regresar. Durante este tiempo, intentó hablar con Taicomos sobre el extraño suceso, pero los keilar eran grandes guardianes de secretos y le fue imposible descubrir más de lo que ya había visto. Al parecer, lo que fuera que Trunck había ido a hacer, era su trabajo, lo que le permitía llevar el nivel de vida que poseía.
- No quieras enterarte de lo que te dañaría, y si algún día descubres lo que pasa, no le juzgues - fue lo más que le pudo sonsacar al legendario criado.
Cuando el treico volvió, Suaga estaba en el gran ventanal de la habitación de Trunck. Le vio llegar desde lejos, una mancha en el cielo que se fue haciendo más y más grande, y fue adoptando la forma de su amante amado. Aterrizó frente a él. En su cara había signos de cansancio.
- Llevo un día y medio deseando volver a hacer esto - y besó al triga arrebatadoramente.
- ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?
- Debo marcharme, pero volveré enseguida. Cuando llega el painco, llega el trabajo - dicho lo cual subió a su habitación.
A Suaga nunca le habían gustado los paincos. En Aldebodal estos seres eran símbolo de malas noticias, de desgracias, de pena, de agonía, de muerte. Mucho más en su caso, ya que cuando un triga muere, el primer ser en venir a recibir su parte del fallecido es un painco. Aún recordaba el día en que su madre murió y un enorme ave negra arrancó con brutalidad su mano para llevársela lejos, sin ningún reparo.
Al poco, el treico bajó, enfundado con ropas oscuras, envuelto en una capa que le cubría el rostro. Con cierto aire de pena y desgana, besó al triga y se encaminó a la puerta para marchar, pero antes de que se alejara de su alcance, Suaga le tomó de la muñeca.
- Dime donde vas.
- No me preguntes lo que no te gustaría saber. Es lo que me mantiene y es mi naturaleza. No quiero que tu bondad se manche con mi caos - y como una sombra se marchó.
Suaga le siguió y se quedó sorprendido al ver cómo Trunck echaba a volar y se alejaba.
Tardó un día y medio en regresar. Durante este tiempo, intentó hablar con Taicomos sobre el extraño suceso, pero los keilar eran grandes guardianes de secretos y le fue imposible descubrir más de lo que ya había visto. Al parecer, lo que fuera que Trunck había ido a hacer, era su trabajo, lo que le permitía llevar el nivel de vida que poseía.
- No quieras enterarte de lo que te dañaría, y si algún día descubres lo que pasa, no le juzgues - fue lo más que le pudo sonsacar al legendario criado.
Cuando el treico volvió, Suaga estaba en el gran ventanal de la habitación de Trunck. Le vio llegar desde lejos, una mancha en el cielo que se fue haciendo más y más grande, y fue adoptando la forma de su amante amado. Aterrizó frente a él. En su cara había signos de cansancio.
- Llevo un día y medio deseando volver a hacer esto - y besó al triga arrebatadoramente.
lunes, 5 de marzo de 2007
Un miedo 11ª Parte
...Muy de mañana Suaga salía a caminar por los bosques de las laderas del monte Ayuso, en el que se encontraba el palacio de Trunck. Le gustaba acercarse a una terraza natural que había cerca, desde la que se podía ver un valle magenta salpicado de aldeas, unas cercanas y otras minúsculas en la distancia, que con la salida de Oxes (el sol), parecían cobrar vida, cambiando de tonalidad para ser manchas carmín en el horizonte. Podría ver este espectáculo desde el enorme ventanal que tenía el treico en su cuarto, el cual no tenía cristal ni puerta, pero el arquitecto que lo creó le otorgó la capacidad de evitar el paso a desconocidos, así como al frío, al viento o cualquier elemento que pudiera dañar el interior de la estancia, mas el triga disfrutaba del olor de las plantas al ir despertando, la humedad del aire que bañaba el ambiente y el piar de las aves cuando empezaban a percibir los primeros rayos del gran astro. Era un espectáculo digno de sentir.
Siempre le había gustado fijarse en las pequeñas cosas, en aquello en lo que nadie repara. En el roce furtivo de una mano con otra, que oculta todo un mundo de sentimientos. En lo maravillosa que puede llegar a ser una nuca, o lo horrorosa que puede ser una sonrisa. En el sonido del viento cuando un amigo da la vuelta para marcharse. En el olor del calor cuando empieza la época del renacer (como nuestra primavera). En cómo tiembla el cuerpo del ser amado cuando se llena de felicidad, o el sonido armonioso que se puede percibir en el ronquido del amante que duerme a tu lado. Y aquellos paseos le brindaban la oportunidad de agudizar sus sentidos en busca de ese maravilloso mundo de detalles, infinito e inagotable que la Madre Aldebodal le podía brindar.
Mientras caminaba empezó a pensar en el treico. No podía creer que el destino pudiera haberle guardado aquella fascinante sorpresa. Toda la vida huyendo de quien conocía la leyenda y ansiaba la felicidad. Siempre haciendo feliz a los demás en la sombra, escuchando las quejas y anhelos, e intentando mitigarlos o incluso solucionarlos. Y de repente, el día que parecía que todo había llegado a su fin, la felicidad le vino a ver a él. Todo era perfecto. Cada instante, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada risa, cada mirada, cada anécdota, cada rincón por el que pasaban se convertía en un lugar especial e inolvidable... Pero sabía que todo aquello eran sus sentimientos, no los de Trunck. Sí, él intuía lo que el treico sentía, pero también conocía muy bien su naturaleza auto-satisfactoria. Entre otras cosas, su independencia, su seguridad, su forma de dirigirse a todos dominando de forma innata la situación, le parecía lo más excitante que jamas hubiese visto nunca. Pero sobre todo, lo que más le gustaba y le excitaba era lo bien que se lo pasaban juntos, lo mucho que se reía, lo fácil que le era entenderse con Trunck.
Un día mientras tonteaban, hablaban y jugaban en la cocina, Taicomos se les quedó mirando y dijo:
- Me alegra saber que la alegría y la risa no estaban desterradas de este palacio - tras lo que siguió realizando su trabajo.
Así se encontraba meditando, cuando un pensamiento se adueñó de su mente: "¿Y si algún día se cansa? ¿Qué pasará si este ser, por su extraña naturaleza, decide arrojarme lejos de su vida para siempre?" No podía ser. En este momento era tan grande lo que sentía por Trunck que el simple hecho de pensarlo hacía que se le saltaran las lágrimas. Comenzó a acelerar el paso. En medio de toda aquella naturaleza, sintió que le faltaba el aire, al fondo pudo distinguir el claro del bosque donde se encontraba su mirador natural, y corrió hacia él como el pez que busca el agua, pues sin ella es incapaz de vivir. Cayó rendido, llorando, mientras Oxes comenzaba a derramar sus rayos por el valle. Y justo en el momento en que el sol tocó al triga, sintió un brazo que le abrazaba y una voz preocupada que preguntaba:
- ¿Estás bien?
Suaga levantó la vista. Era Trunck, su querido Trunck. No podía contestar, las lágrimas y la pena se impedían.
- ¿Qué has visto? ¿Qué has oído? - pero no encontró respuesta-. Hoy cuando te has levantado, sigilosamente me vestí, me lavé la cara y te seguí. Quería observarte, fijarme en lo que tú te fijas, respirar lo que tu respiras, pisar por donde tú pisas. Pero lo que no quiero nunca más, y te exijo que me obedezcas, es verte llorar. Sé que podré aguantarlo si vuelves a hacerlo, pero es algo superior a mis fuerzas. No te puedo ver llorar.
Suaga, aquel que siempre se había fijado en cada detalle, aquel que veía lo pequeño, no se había dado cuenta de lo mucho que sentía el treico por él. No lo expresó con grandes gestos, ni con rebuscadas palabras, lo había hecho de la manera más sencilla, con las expresiones más asequibles, que sólo un buen observador puede descifrar. Y aquella mañana, con aquel gesto y aquellas palabras, lo que Trunck le estaba pidiendo era un hueco en su vida, un rincón en su alma.
Suaga besó a Trunck con fuerza, con pasión, como si lo hubiese encontrado de nuevo tras haber estado mucho tiempo perdido. Y con este beso y esta sensación, el miedo del triga se fue alejando lento hacia el sol, donde se quemó y se destruyó, como suele pasar con los pensamientos malos, pero malos de verdad...
Siempre le había gustado fijarse en las pequeñas cosas, en aquello en lo que nadie repara. En el roce furtivo de una mano con otra, que oculta todo un mundo de sentimientos. En lo maravillosa que puede llegar a ser una nuca, o lo horrorosa que puede ser una sonrisa. En el sonido del viento cuando un amigo da la vuelta para marcharse. En el olor del calor cuando empieza la época del renacer (como nuestra primavera). En cómo tiembla el cuerpo del ser amado cuando se llena de felicidad, o el sonido armonioso que se puede percibir en el ronquido del amante que duerme a tu lado. Y aquellos paseos le brindaban la oportunidad de agudizar sus sentidos en busca de ese maravilloso mundo de detalles, infinito e inagotable que la Madre Aldebodal le podía brindar.
Mientras caminaba empezó a pensar en el treico. No podía creer que el destino pudiera haberle guardado aquella fascinante sorpresa. Toda la vida huyendo de quien conocía la leyenda y ansiaba la felicidad. Siempre haciendo feliz a los demás en la sombra, escuchando las quejas y anhelos, e intentando mitigarlos o incluso solucionarlos. Y de repente, el día que parecía que todo había llegado a su fin, la felicidad le vino a ver a él. Todo era perfecto. Cada instante, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada risa, cada mirada, cada anécdota, cada rincón por el que pasaban se convertía en un lugar especial e inolvidable... Pero sabía que todo aquello eran sus sentimientos, no los de Trunck. Sí, él intuía lo que el treico sentía, pero también conocía muy bien su naturaleza auto-satisfactoria. Entre otras cosas, su independencia, su seguridad, su forma de dirigirse a todos dominando de forma innata la situación, le parecía lo más excitante que jamas hubiese visto nunca. Pero sobre todo, lo que más le gustaba y le excitaba era lo bien que se lo pasaban juntos, lo mucho que se reía, lo fácil que le era entenderse con Trunck.
Un día mientras tonteaban, hablaban y jugaban en la cocina, Taicomos se les quedó mirando y dijo:
- Me alegra saber que la alegría y la risa no estaban desterradas de este palacio - tras lo que siguió realizando su trabajo.
Así se encontraba meditando, cuando un pensamiento se adueñó de su mente: "¿Y si algún día se cansa? ¿Qué pasará si este ser, por su extraña naturaleza, decide arrojarme lejos de su vida para siempre?" No podía ser. En este momento era tan grande lo que sentía por Trunck que el simple hecho de pensarlo hacía que se le saltaran las lágrimas. Comenzó a acelerar el paso. En medio de toda aquella naturaleza, sintió que le faltaba el aire, al fondo pudo distinguir el claro del bosque donde se encontraba su mirador natural, y corrió hacia él como el pez que busca el agua, pues sin ella es incapaz de vivir. Cayó rendido, llorando, mientras Oxes comenzaba a derramar sus rayos por el valle. Y justo en el momento en que el sol tocó al triga, sintió un brazo que le abrazaba y una voz preocupada que preguntaba:
- ¿Estás bien?
Suaga levantó la vista. Era Trunck, su querido Trunck. No podía contestar, las lágrimas y la pena se impedían.
- ¿Qué has visto? ¿Qué has oído? - pero no encontró respuesta-. Hoy cuando te has levantado, sigilosamente me vestí, me lavé la cara y te seguí. Quería observarte, fijarme en lo que tú te fijas, respirar lo que tu respiras, pisar por donde tú pisas. Pero lo que no quiero nunca más, y te exijo que me obedezcas, es verte llorar. Sé que podré aguantarlo si vuelves a hacerlo, pero es algo superior a mis fuerzas. No te puedo ver llorar.
Suaga, aquel que siempre se había fijado en cada detalle, aquel que veía lo pequeño, no se había dado cuenta de lo mucho que sentía el treico por él. No lo expresó con grandes gestos, ni con rebuscadas palabras, lo había hecho de la manera más sencilla, con las expresiones más asequibles, que sólo un buen observador puede descifrar. Y aquella mañana, con aquel gesto y aquellas palabras, lo que Trunck le estaba pidiendo era un hueco en su vida, un rincón en su alma.
Suaga besó a Trunck con fuerza, con pasión, como si lo hubiese encontrado de nuevo tras haber estado mucho tiempo perdido. Y con este beso y esta sensación, el miedo del triga se fue alejando lento hacia el sol, donde se quemó y se destruyó, como suele pasar con los pensamientos malos, pero malos de verdad...
miércoles, 28 de febrero de 2007
¿Qué función tiene un treico? 10ª Parte
... De vez en cuando, el treico y el triga, bajaban a las aldeas y poblaciones de alrededor y jugaban con sus habitantes. Suaga se transformaba en seres mitológicos o fantásticos y hacían que un campesino lo viera, para que corriese tras él, pensando en la fortuna que ganaría si vendiera su cabeza, para luego esperarle al doblar una esquina y asustarle con la apariencia de un monstruo fabuloso. A Trunck le encantaba observar sus caras y las imágenes que se formaban en sus cabezas al asustarse, ver gracias a la telepatía cómo percibían sus víctimas la realidad.
Otras veces, se acercaban a los grandes templos de música, en los que los botany y demás especies sensibles a la música, se reunen para bailar y divertirse. En estas ocasiones, Trunck se acicalaba como solía hacer las noches de "caza", pero ahora tan sólo era un mero ritual. Suaga se plantaba frente a él e iba adquiriendo distintas formas de vida inteligente, a ver con cual decidía salir aquella noche. Incluso podía elegir por separado cada rasgo y característica del, o la, que sería su acompañante. Aquello le excitaba en extremo al treico, saber que cada noche podía elegir un ser distinto, y estar creado por él mismo. Sin embargo, al volver al palacete, a su hogar, mucho más le excitaba saber que aquellos rasgos se iban desvaneciendo uno a uno hasta aparecer Suaga ante él, con sus preciosos ojos lila, y su perfecto cuerno apuntando al cielo. Toda esa perfección, toda esa bondad, toda esa felicidad, toda esa risa, eran para él en aquellos instantes.
¡Qué extraño era Suaga bailando! No era como Trunck, cuyos movimientos parecían estar estudiados al milímetro para seducir, para provocar. Sus aires de dignidad, de ser inalcanzable, hacían que todos se fijasen en él. Sin embargo, con Suaga no era así. Cuando se acercaba a él con intenciones arrebatadoras, éste parecía no verle. Pero por el contrario, si se unía a él bailando de cualquier forma, sin intención alguna, simplemente pasándoselo bien, relajado, sin ningún tipo de pose, entonces era el único punto de mira del triga. Es más, de este modo, Suaga no paraba de reír, y gracias a esto, le abrazaba y le acariciaba sin parar, lo que hacía que la excitación del treico fuera en aumento.
Así pues, varias cosas excitaban al treico del triga: su capacidad de adoptar diversas formas, pero la certeza de saber que su forma original, su cuerno, su verdadera esencia, sólo la podía disfrutar él; la risa que compartían, pues hacía que Suaga desprendiera felicidad que le contagiaba a Trunck en cada momento; y por último, el sexo con el triga había sido hasta ahora increíble, ya que sabía perfectamente lo que debía hacer a cada instante para que el treico temblase y vibrase.
Solían hablar muchas veces en la cama, los dos desnudos mirándose fijamente: uno miraba el iris lila de Suaga, y el otro se perdía en el caos oscuro e infinito de Trunck.
- Yo tengo mi cuerno y el poder de hacer feliz a quien esté a mi lado, pero ¿tú qué sabes hacer? ¿Por qué existen los treicos en Aldebodal? Está claro que por mis dones La Suma Creadora me hizo para mantener la esperanza de la gente y que sus vidas solitarias y comunes se vuelvan especiales, pero ¿qué hace un treico?
Trunck se quedó pensativo... No sabía qué función le había asignado la Madre Aldebodal... Ni a él ni a ningún ser de su especie. Todo lo que sabía hacer estaba vinculado a su propio beneficio y placer. ¿Quizá como ejemplo de lo que no se debía hacer? Quizá como fuente de inspiración, o incluso también para hacer que las vidas de aquellos seres de los que se aprovechaba, dejasen de ser existencias absurdas, para pasar a ser vidas destrozadas, con irremediables secuelas emocionales, por el paso de un treico. Esto último le hizo gracia, pero sabía que no se encontraba en aquel pequeño planeta por ello.
- Nada, no se hacer nada para el bien común... y quizá tampoco para el bien individual... Sólo estoy aquí para darme placer a mí mismo, y dar rienda suelta a mis fantasías y deseos...
- ¡Qué mentiroso eres! - dijo Suaga en una explosión de carcajadas - Tú, Trunck, estás aquí para hacerme reír sin parar. Tienes el poder de hacerme sonreír a cada instante, y que con mi risa todo mi ser se recupere y coja fuerzas para seguir repartiendo felicidad. Estás aquí para salvarme la vida, y que yo esté para siempre en deuda contigo. Estás aquí... para complementarme!
Y fue entonces cuando Trunck se dio cuenta de que algo estaba cambiando en su vida, y de que algo estaba cambiando en él... porque la idea de estar en este planeta para cumplir dicha función... ¡le encantaba!
Otras veces, se acercaban a los grandes templos de música, en los que los botany y demás especies sensibles a la música, se reunen para bailar y divertirse. En estas ocasiones, Trunck se acicalaba como solía hacer las noches de "caza", pero ahora tan sólo era un mero ritual. Suaga se plantaba frente a él e iba adquiriendo distintas formas de vida inteligente, a ver con cual decidía salir aquella noche. Incluso podía elegir por separado cada rasgo y característica del, o la, que sería su acompañante. Aquello le excitaba en extremo al treico, saber que cada noche podía elegir un ser distinto, y estar creado por él mismo. Sin embargo, al volver al palacete, a su hogar, mucho más le excitaba saber que aquellos rasgos se iban desvaneciendo uno a uno hasta aparecer Suaga ante él, con sus preciosos ojos lila, y su perfecto cuerno apuntando al cielo. Toda esa perfección, toda esa bondad, toda esa felicidad, toda esa risa, eran para él en aquellos instantes.
¡Qué extraño era Suaga bailando! No era como Trunck, cuyos movimientos parecían estar estudiados al milímetro para seducir, para provocar. Sus aires de dignidad, de ser inalcanzable, hacían que todos se fijasen en él. Sin embargo, con Suaga no era así. Cuando se acercaba a él con intenciones arrebatadoras, éste parecía no verle. Pero por el contrario, si se unía a él bailando de cualquier forma, sin intención alguna, simplemente pasándoselo bien, relajado, sin ningún tipo de pose, entonces era el único punto de mira del triga. Es más, de este modo, Suaga no paraba de reír, y gracias a esto, le abrazaba y le acariciaba sin parar, lo que hacía que la excitación del treico fuera en aumento.
Así pues, varias cosas excitaban al treico del triga: su capacidad de adoptar diversas formas, pero la certeza de saber que su forma original, su cuerno, su verdadera esencia, sólo la podía disfrutar él; la risa que compartían, pues hacía que Suaga desprendiera felicidad que le contagiaba a Trunck en cada momento; y por último, el sexo con el triga había sido hasta ahora increíble, ya que sabía perfectamente lo que debía hacer a cada instante para que el treico temblase y vibrase.
Solían hablar muchas veces en la cama, los dos desnudos mirándose fijamente: uno miraba el iris lila de Suaga, y el otro se perdía en el caos oscuro e infinito de Trunck.
- Yo tengo mi cuerno y el poder de hacer feliz a quien esté a mi lado, pero ¿tú qué sabes hacer? ¿Por qué existen los treicos en Aldebodal? Está claro que por mis dones La Suma Creadora me hizo para mantener la esperanza de la gente y que sus vidas solitarias y comunes se vuelvan especiales, pero ¿qué hace un treico?
Trunck se quedó pensativo... No sabía qué función le había asignado la Madre Aldebodal... Ni a él ni a ningún ser de su especie. Todo lo que sabía hacer estaba vinculado a su propio beneficio y placer. ¿Quizá como ejemplo de lo que no se debía hacer? Quizá como fuente de inspiración, o incluso también para hacer que las vidas de aquellos seres de los que se aprovechaba, dejasen de ser existencias absurdas, para pasar a ser vidas destrozadas, con irremediables secuelas emocionales, por el paso de un treico. Esto último le hizo gracia, pero sabía que no se encontraba en aquel pequeño planeta por ello.
- Nada, no se hacer nada para el bien común... y quizá tampoco para el bien individual... Sólo estoy aquí para darme placer a mí mismo, y dar rienda suelta a mis fantasías y deseos...
- ¡Qué mentiroso eres! - dijo Suaga en una explosión de carcajadas - Tú, Trunck, estás aquí para hacerme reír sin parar. Tienes el poder de hacerme sonreír a cada instante, y que con mi risa todo mi ser se recupere y coja fuerzas para seguir repartiendo felicidad. Estás aquí para salvarme la vida, y que yo esté para siempre en deuda contigo. Estás aquí... para complementarme!
Y fue entonces cuando Trunck se dio cuenta de que algo estaba cambiando en su vida, y de que algo estaba cambiando en él... porque la idea de estar en este planeta para cumplir dicha función... ¡le encantaba!
jueves, 22 de febrero de 2007
miércoles, 21 de febrero de 2007
Taicomos, el keslar 9ª Parte
... De pronto se abrió la puerta de la enorme cocina, y un fardo gigante de sábanas y toallas entraron por ella. A Suaga le dio la risa pues parecía que estuvieran encantados y se bajasen solos a lavar. Trunck le miró sorprendido, para él era algo tan cotidiano que no le extrañaba, pero le hizo gracia ver reír al triga. De hecho, de un tiempo para acá, escuchar o ver reír a Suaga era lo que más le gustaba oír, lo que más le llenaba.
Al sonido de las carcajadas, el montón de ropa se frenó, y extrañamente dijo:
- Hace tiempo que no oigo reír así a nadie en este palacio, y el señorito nunca fue de reír a carcajadas. No es cautivador ni excitante.
- Eso no es cierto - dijo rápidamente Suaga -. No hay nada en el mundo que me pueda seducir o excitar más que reírme a pulmón partido.
- ¿Veis? Lo que yo decía. No es el señorito el que ríe de esa manera - y dicho esto siguió su camino hasta la lavandería.
Suaga miró a Trunck, y éste con media sonrisa le hizo un gesto, dándole a entender que, en breve, lo hilaría todo. Y así fue. Al cabo de unos minutos, de la lavandería salió un diminuto ser de color blanco como el agua que mana de la montaña de la Emperatriz, orejas extremadamente largas y puntiagudas, con varios pendientes en ellas. Varias coletas, se alineaban formando una cresta de pelo lila. Tres grandes ojos amarillos miraban hacia el triga, y una enorme nariz alargada, parecía marcarles la dirección en la que mirar. Como no podía ser menos, la boca también era enorme, y sus dientes perfectos relucían en una agradable sonrisa complaciente. La piel blanca del ser era tersa y suave y brillaba de puro lustre. Sus brazos no eran muy largo, y sus manos tampoco muy grandes, en comparación con sus enormes y alargados pies, recubiertos por unas anaranjadas zapatillas que terminaban en una punta que miraba hacia arriba.
- Taicomos te presento a Suaga. Es el inquilino que ha estado durmiendo en la habitación del ala oeste, al que hemos estado cuidando para que se recuperase...
- Bueno, señorito, faltaría a la verdad si me atribuyera algún mérito, ya que los cuidados se los ha procurado usted. A mí sólo me dejaba lavar la ropa sucia - contestó pícaramente, con una sonrisa burlona, Taicomos-. En cualquier caso, encantado de conocerle Suaga, yo soy el ayudante para el orden del hogar, del Señorito. Si necesita cualquier cosa que esté a mi alcance, sólo tiene que pedírmelo.
Y dicho esto, pasó cerca del treico, le miró, le guiñó el ojo rápidamente y sin pararse, y salió por una puerta que daba a los jardines.
- ¿Tienes un sirviente?
- Él lo decidió así - contestó Trunck-. Lo conocí una noche jugando a los dados en una posada cercana. Hablamos de nuestras vidas, bebimos amistosamente, y al terminar la noche me dijo que se ponía a mi servicio, que le daba igual lo que yo quisiera o pensara hacer al respecto, él se venía al palacio y cuidaría de mí. Es lo que tienen los keslar - la cara de Suaga se quedó paralizada al oír este nombre - se les mete algo entre ceja y ceja... ¿Qué te ocurre? - le preguntó al percatarse de su cara.
- ¿Taicomos es un keslar? - Trunck asintió con la cabeza - ¿Un sirviente de la Emperatriz?
- De hecho, según cuenta Taicomos, es uno de los cuatro keslar que ayudaron a la emperatriz Endora I a desterrar a los Sizan al continente Aco*.
Suaga, aún desnudo, se acercó cálidamente a Trunck, de nuevo el cuerno brillaba, y le abrazó, como si estuviera orgulloso de conocerle.
- No sabía que el ser que me salvó de la muerte, era un ser tan importante... - el tono de su voz era jocoso y juguetón. Y de nuevo, en el suelo de la gran cocina del palacio del treico, las emociones y los sentidos se adueñaron del tiempo y el espacio...
Al sonido de las carcajadas, el montón de ropa se frenó, y extrañamente dijo:
- Hace tiempo que no oigo reír así a nadie en este palacio, y el señorito nunca fue de reír a carcajadas. No es cautivador ni excitante.
- Eso no es cierto - dijo rápidamente Suaga -. No hay nada en el mundo que me pueda seducir o excitar más que reírme a pulmón partido.
- ¿Veis? Lo que yo decía. No es el señorito el que ríe de esa manera - y dicho esto siguió su camino hasta la lavandería.
Suaga miró a Trunck, y éste con media sonrisa le hizo un gesto, dándole a entender que, en breve, lo hilaría todo. Y así fue. Al cabo de unos minutos, de la lavandería salió un diminuto ser de color blanco como el agua que mana de la montaña de la Emperatriz, orejas extremadamente largas y puntiagudas, con varios pendientes en ellas. Varias coletas, se alineaban formando una cresta de pelo lila. Tres grandes ojos amarillos miraban hacia el triga, y una enorme nariz alargada, parecía marcarles la dirección en la que mirar. Como no podía ser menos, la boca también era enorme, y sus dientes perfectos relucían en una agradable sonrisa complaciente. La piel blanca del ser era tersa y suave y brillaba de puro lustre. Sus brazos no eran muy largo, y sus manos tampoco muy grandes, en comparación con sus enormes y alargados pies, recubiertos por unas anaranjadas zapatillas que terminaban en una punta que miraba hacia arriba.
- Taicomos te presento a Suaga. Es el inquilino que ha estado durmiendo en la habitación del ala oeste, al que hemos estado cuidando para que se recuperase...
- Bueno, señorito, faltaría a la verdad si me atribuyera algún mérito, ya que los cuidados se los ha procurado usted. A mí sólo me dejaba lavar la ropa sucia - contestó pícaramente, con una sonrisa burlona, Taicomos-. En cualquier caso, encantado de conocerle Suaga, yo soy el ayudante para el orden del hogar, del Señorito. Si necesita cualquier cosa que esté a mi alcance, sólo tiene que pedírmelo.
Y dicho esto, pasó cerca del treico, le miró, le guiñó el ojo rápidamente y sin pararse, y salió por una puerta que daba a los jardines.
- ¿Tienes un sirviente?
- Él lo decidió así - contestó Trunck-. Lo conocí una noche jugando a los dados en una posada cercana. Hablamos de nuestras vidas, bebimos amistosamente, y al terminar la noche me dijo que se ponía a mi servicio, que le daba igual lo que yo quisiera o pensara hacer al respecto, él se venía al palacio y cuidaría de mí. Es lo que tienen los keslar - la cara de Suaga se quedó paralizada al oír este nombre - se les mete algo entre ceja y ceja... ¿Qué te ocurre? - le preguntó al percatarse de su cara.
- ¿Taicomos es un keslar? - Trunck asintió con la cabeza - ¿Un sirviente de la Emperatriz?
- De hecho, según cuenta Taicomos, es uno de los cuatro keslar que ayudaron a la emperatriz Endora I a desterrar a los Sizan al continente Aco*.
Suaga, aún desnudo, se acercó cálidamente a Trunck, de nuevo el cuerno brillaba, y le abrazó, como si estuviera orgulloso de conocerle.
- No sabía que el ser que me salvó de la muerte, era un ser tan importante... - el tono de su voz era jocoso y juguetón. Y de nuevo, en el suelo de la gran cocina del palacio del treico, las emociones y los sentidos se adueñaron del tiempo y el espacio...
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viernes, 16 de febrero de 2007
La historia de Suaga. 8ª Parte
- ¿Jugamos? - preguntó Trunck al triga, mientras preparaba algo de comer en una enorme cocina de leña.
- Vale, ¿a qué?
- Yo te pregunto algo y tú me contestas lo primero que pienses, y cuando te canses cambiamos.
Suaga asintió con la cabeza. Trunck se giró para comenzar a jugar, y ahí estaba ese ser extraño. Y no porque fuera feo o diferente o cualquier aspecto negativo que se pueda dar a la palabra extraño, sino ese ser que descolocaba su vida y que no sabía cómo conseguía hacerlo. La luz entraba por uno de los grandes ventanales de la enorme cocina del palacio iluminándole el rostro y su precioso cuerno, ahora mucho más corto que la noche anterior, pero brillante como una joya.
- ¿Un color? - El rosa.
- ¿Un olor? - La hierba mojada.
- ¿Obsel u Onokim? - Obsel.
- ¿Un animal? - Los treicos - y sonrió pícaramente. Trunck también sonrió y levantó una ceja, con aquella actitud jocosa, el triga llegaría donde quisiera.
- ¿Dónde naciste? -Suaga le miró sobresaltado. Aquello no era una pregunta para no pensar y responder rápidamente, era una pregunta seria y formal. No obstante, le apetecía contarlo.
- Los triga, cuando deseamos ser padres, generamos una semilla que debemos plantar en algún sitio importante. Esto no quiere decir que lo hagamos en el palacio de la Emperatriz de los Botany, ni en el nacimiento del río Od-Ärom, sino en algún lugar que para el triga que desea ser padre, signifique algo trascendente - miró a Trunck y comprendió que quizá no se hubiera explicado muy bien -. Por ejemplo, mi progenitora llegó un atardecer a un precioso cañón en el borde de un frondoso bosque, con el cauce de Edrev a sus pies, y desde el cual se podía ver toda la llanura de la región de Sedrev, dejándose acariciar por los últimos rayos de Okses. Fue tan hermoso lo que vio que en ese mismo instante deseó ser madre, y decidió que todos sus hijos debían nacer allí, para que lo primero que vieran fuese aquella maravillosa tierra. Así que allí mismo, plantó cuatro de sus semillas, una cada año, de las cuales crecieron cuatro enormes plantas, una cada año, de cuatro colores distintos. La primera semilla que germinó, produjo una planta color violeta. En la estación de la Eclosión, brotó una enorme flor, también violeta, y de ella nació Sureiko, mi hermano mayor.
Al año siguiente, junto a la primera planta, enterró una segunda semilla, ayudada por el pequeño Sureiko. La semilla germinó y de ella creció una planta azul claro. De nuevo en la Eclosión, floreció y de ella nació Sutawen, mi hermana mayor. La tercera semilla germinó, pero no llegó a crecer, pues fue un año de sequía en Sedrev y a penas llovió.
Y de la cuarta semilla, germinó una planta rosa, y de ella salió una flor y de esa flor nací yo, Suaga, el pequeño de tres hermanos -estiró los brazos y sonrió mucho, dando a entender que había terminado su relato-.
- ¿Y vivíais juntos o cuando nacisteis os tuvisteis que buscar la vida solos? - preguntó el treico.
- Durante los cuatro primeros años vivimos con nuestros progenitores, y si tenemos hermanos también con ellos. A los cuatro años nos independizamos por temporadas, a modo de prueba de madurez, y alrededor de los seis años lo hacemos totalmente. Por norma general, no volvemos a ver a ningún miembro de la familia una vez que nos independizamos de ella, sin embargo, nuestros progenitores nos vigilan de cerca, saben cómo estamos y nos ayudan en caso de que nos suceda algo grave- volvió a sonreír, de nuevo había terminado.
- ¿Dónde soléis vivir los triga?
- Somos nómadas, no tenemos una residencia fija, ya que somos una especie perseguida por aquellos que ansían ser felices. Muchos de mis congéneres han acabado encerrados en jaulas obligados a conceder felicidad y a trabajar como espía, gracias a nuestra facilidad para adoptar distintas figuras corporales - una lágrima cayó por la mejilla de Suaga, dando así la señal de salida a muchas más -. Sin embargo, los triga no podemos estar encerrados, fuimos creados para amar y ayudar, y no para ser de uso privado, a menos que así lo decidamos nosotros... Como nos suele pasar cuando nos salvan la vida... - secándose las furtivas lágrimas, sonrió y miró a Trunck, con los ojos tristes, quien le miraba algo asustado ya que no podía soportar ver llorar. No porque le horrorizara, sino porque no comprendía el motivo del llanto, ¿por qué los seres de Aldebodal lloraban?-. Lo siento - se disculpó Suaga, limpiándose la cara-, cuando hablo del sufrimiento de los míos, me da por llorar - y tristemente sonrió-.
- ¿Qué te ocurrió en el bosque?
- Uno de esos seres que ansían la felicidad, me venía siguiendo la pista desde hacía tiempo, y aquel día decidió darme caza, mientras volaba en forma de zaido. Caí en picado, y al ir a recogerme, pensó que me había matado y me dejó allí tirado. Lo que no sabía era que, cuando un triga muere, la Gran Madre Aldebodal tiembla, avisando a todos los seres vivos que estén cerca de que un ser de bondad pura ha muerto, para que acudan a él y tomen una parte de esa bondad.
- No he entendido esto último - dijo Trunck.
- Cuando yo muera, la tierra retumbará, y los animales y plantas que haya cerca vendrá a mí a tomar parte de mi bondad... Parte de mi... De mi cuerpo.
- ¿Quieres decir que te "descuartizarán"? - preguntó asombrado el treico.
- Es una forma muy fea de decirlo, pero la felicidad debe ser compartida y la bondad no puede ser corrompida por la muerte...
- Vale, ¿a qué?
- Yo te pregunto algo y tú me contestas lo primero que pienses, y cuando te canses cambiamos.
Suaga asintió con la cabeza. Trunck se giró para comenzar a jugar, y ahí estaba ese ser extraño. Y no porque fuera feo o diferente o cualquier aspecto negativo que se pueda dar a la palabra extraño, sino ese ser que descolocaba su vida y que no sabía cómo conseguía hacerlo. La luz entraba por uno de los grandes ventanales de la enorme cocina del palacio iluminándole el rostro y su precioso cuerno, ahora mucho más corto que la noche anterior, pero brillante como una joya.
- ¿Un color? - El rosa.
- ¿Un olor? - La hierba mojada.
- ¿Obsel u Onokim? - Obsel.
- ¿Un animal? - Los treicos - y sonrió pícaramente. Trunck también sonrió y levantó una ceja, con aquella actitud jocosa, el triga llegaría donde quisiera.
- ¿Dónde naciste? -Suaga le miró sobresaltado. Aquello no era una pregunta para no pensar y responder rápidamente, era una pregunta seria y formal. No obstante, le apetecía contarlo.
- Los triga, cuando deseamos ser padres, generamos una semilla que debemos plantar en algún sitio importante. Esto no quiere decir que lo hagamos en el palacio de la Emperatriz de los Botany, ni en el nacimiento del río Od-Ärom, sino en algún lugar que para el triga que desea ser padre, signifique algo trascendente - miró a Trunck y comprendió que quizá no se hubiera explicado muy bien -. Por ejemplo, mi progenitora llegó un atardecer a un precioso cañón en el borde de un frondoso bosque, con el cauce de Edrev a sus pies, y desde el cual se podía ver toda la llanura de la región de Sedrev, dejándose acariciar por los últimos rayos de Okses. Fue tan hermoso lo que vio que en ese mismo instante deseó ser madre, y decidió que todos sus hijos debían nacer allí, para que lo primero que vieran fuese aquella maravillosa tierra. Así que allí mismo, plantó cuatro de sus semillas, una cada año, de las cuales crecieron cuatro enormes plantas, una cada año, de cuatro colores distintos. La primera semilla que germinó, produjo una planta color violeta. En la estación de la Eclosión, brotó una enorme flor, también violeta, y de ella nació Sureiko, mi hermano mayor.
Al año siguiente, junto a la primera planta, enterró una segunda semilla, ayudada por el pequeño Sureiko. La semilla germinó y de ella creció una planta azul claro. De nuevo en la Eclosión, floreció y de ella nació Sutawen, mi hermana mayor. La tercera semilla germinó, pero no llegó a crecer, pues fue un año de sequía en Sedrev y a penas llovió.
Y de la cuarta semilla, germinó una planta rosa, y de ella salió una flor y de esa flor nací yo, Suaga, el pequeño de tres hermanos -estiró los brazos y sonrió mucho, dando a entender que había terminado su relato-.
- ¿Y vivíais juntos o cuando nacisteis os tuvisteis que buscar la vida solos? - preguntó el treico.
- Durante los cuatro primeros años vivimos con nuestros progenitores, y si tenemos hermanos también con ellos. A los cuatro años nos independizamos por temporadas, a modo de prueba de madurez, y alrededor de los seis años lo hacemos totalmente. Por norma general, no volvemos a ver a ningún miembro de la familia una vez que nos independizamos de ella, sin embargo, nuestros progenitores nos vigilan de cerca, saben cómo estamos y nos ayudan en caso de que nos suceda algo grave- volvió a sonreír, de nuevo había terminado.
- ¿Dónde soléis vivir los triga?
- Somos nómadas, no tenemos una residencia fija, ya que somos una especie perseguida por aquellos que ansían ser felices. Muchos de mis congéneres han acabado encerrados en jaulas obligados a conceder felicidad y a trabajar como espía, gracias a nuestra facilidad para adoptar distintas figuras corporales - una lágrima cayó por la mejilla de Suaga, dando así la señal de salida a muchas más -. Sin embargo, los triga no podemos estar encerrados, fuimos creados para amar y ayudar, y no para ser de uso privado, a menos que así lo decidamos nosotros... Como nos suele pasar cuando nos salvan la vida... - secándose las furtivas lágrimas, sonrió y miró a Trunck, con los ojos tristes, quien le miraba algo asustado ya que no podía soportar ver llorar. No porque le horrorizara, sino porque no comprendía el motivo del llanto, ¿por qué los seres de Aldebodal lloraban?-. Lo siento - se disculpó Suaga, limpiándose la cara-, cuando hablo del sufrimiento de los míos, me da por llorar - y tristemente sonrió-.
- ¿Qué te ocurrió en el bosque?
- Uno de esos seres que ansían la felicidad, me venía siguiendo la pista desde hacía tiempo, y aquel día decidió darme caza, mientras volaba en forma de zaido. Caí en picado, y al ir a recogerme, pensó que me había matado y me dejó allí tirado. Lo que no sabía era que, cuando un triga muere, la Gran Madre Aldebodal tiembla, avisando a todos los seres vivos que estén cerca de que un ser de bondad pura ha muerto, para que acudan a él y tomen una parte de esa bondad.
- No he entendido esto último - dijo Trunck.
- Cuando yo muera, la tierra retumbará, y los animales y plantas que haya cerca vendrá a mí a tomar parte de mi bondad... Parte de mi... De mi cuerpo.
- ¿Quieres decir que te "descuartizarán"? - preguntó asombrado el treico.
- Es una forma muy fea de decirlo, pero la felicidad debe ser compartida y la bondad no puede ser corrompida por la muerte...
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